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Requisitos técnicos frenan la cooperación militar de México en Colombia

Por Juan Pablo Ojeda

 

El fallido despliegue de la brigada de emergencia de la Secretaría de la Defensa Nacional de México en territorio colombiano expone las complejidades que atraviesan los mecanismos de cooperación internacional frente a catástrofes naturales en América Latina. La interrupción del operativo, motivada por la exigencia de una certificación no acreditada por el Ejército mexicano ante la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia, evidencia la falta de un marco normativo homologado para la atención de emergencias en la región.

La aclaración hecha por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo busca atenuar las interpretaciones sobre una fricción de carácter ideológico con el gobierno entrante del conservador Abelardo de la Espriella. Sin embargo, el episodio refleja cómo las salvaguardas administrativas y las barreras de homologación técnica se convierten en un factor de obstaculización operativa durante la ventana crítica de salvamento posterior a un sismo de magnitud 7.4.

Historicamente, la capacidad de respuesta militar de México en materia de auxilio a la población civil —articulada mediante el Plan DN-III-E y sus unidades de proyección exterior— ha funcionado como uno de los activos más sólidos de la diplomacia mexicana. El rechazo a la incursión de este contingente, que acumula presencia solidaria en 98 naciones a lo largo de décadas de intervenciones, marca un precedente sobre las exigencias de validación que empiezan a imponer ciertos Estados de la región.

En términos de gestión del riesgo, la decisión adoptada por las autoridades de Bogotá de aceptar únicamente delegaciones con acreditaciones USAR específicas expedidas o reconocidas por sus propios ministerios deshoja el debate sobre la autonomía de los cuerpos de rescate. La aceptación de personal proveniente de Estados Unidos, El Salvador o Israel, en contraste con el freno a las unidades mexicanas, reaviva la discusión sobre el peso que tienen las alianzas geopolíticas al momento de autorizar despliegues de tropas extranjeras.

Para compensar la parálisis de los rescatistas en las pistas militares locales, el gobierno mexicano reorientó el esfuerzo de auxilio hacia la vertiente insustituible del abastecimiento material. La carga de 58.5 toneladas de ayuda en insumos médicos y despensas enviadas desde el aeropuerto de Santa Lucía, intenta sostener la presencia del país en la contención de la crisis que golpea al Eje Cafetero colombiano.

El contexto socioeconómico derivado del movimiento telúrico exige un despliegue de ayuda coordinado entre países vecinos. Mientras las cifras de devastación en las áreas urbanas de Pereira y Armenia siguen en aumento, la ausencia de una comitiva técnica oficial de México en las tareas de remoción de escombros de la zona de desastre merma la tradición de acompañamiento en emergencias geológicas de gran escala.

Este desenlace invita a una revisión profunda de los convenios multilaterales de Protección Civil en el continente. La experiencia derivada del sismo de 2026 demuestra que, en ausencia de tratados de homologación automática para contingentes de socorro, la burocracia normativa puede terminar privando a las víctimas de la asistencia inmediata de cuerpos de rescate consolidados.

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